11.- Pluralismo y
Tolerancia
Un punto
de vista antropológico
sobre las diferencias culturales, sociales y personales.
Por Ricardo Yepes Stork
La libertad no puede considerarse
aisladamente, pues lo que ya somos es uno de sus límites. Otro límite
son las consecuencias de su uso, que son parte de la libertad
social. Cuando actuamos, nuestra conducta afecta a los demás
y a nosotros mismos, queramos o no. El uso de la libertad
y la acción humana modifican las situaciones. Para
tener en cuenta las consecuencias de la libertad es preciso
aludir a la responsabilidad y a la autoridad. La primera
es el cultivo de la atención hacia las consecuencias
de nuestros actos, el hacerse cargo de ellas. La segunda,
la instancia que dirige y coordina las distintas libertad
en relación con la situación concreta de que
se trate.
Es muy corriente hablar
de libertad, pero no siempre se insiste lo suficiente en
que uno es responsable de sus actos. De la misma manera,
desde hace bastante tiempo, en Europa es corriente considerar
que libertad y autoridad se oponen, y que donde se da una
no puede dar la otra. Ahora vamos a considerar cierto exceso
y cierto defecto de la libertad social, o lo que es lo
mismo, la relación entre ella,
la responsabilidad y la autoridad.
El exceso de libertad social,
y el consiguiente defecto de responsabilidad y autoridad,
puede ser llamado permisivismo o ideología tolerante. Es un modo de pensar y actuar
que hoy ha llegado a ser predominante en muchos países
occidentales, en especial a partir de 1968.
La ideología tolerante
asume una verdad importante que no es patrimonio suyo:
el pluralismo, la diversidad y la tolerancia son valores
irrenunciables, que asumen la forma de un ideal al que
aspirar, a partir del hecho evidente de que somos distintos,
y hemos de respetarnos como somos, distintos, con opiniones,
estilos de vida y valores diferentes.
Este respeto al pluralismo
y la diversidad, hoy extendida incluso a las especies biológicas, responde a una
realidad indudable y fundamental: la civilización
europea, desde el siglo XVI, ha valorado y defendido, por
concretas y a veces trágicas circunstancias de su
historia, el pluralismo religioso, cultural y político.
Hemos aprendido a convivir con gentes de distintas culturas,
tradiciones y religiones. El proceso cultural de los tres últimos
siglos nos ha enseñado que esa pluralidad no es una
pérdida, sino todo lo contrario, una ganancia. Hemos
aprendido a respetar y a convivir con quienes no piensan
como nosotros. Esto no es sólo un hallazgo de la Ilustración,
sino un crecimiento de la sensibilidad hacia la dignidad
de la persona y su libertad, que en Europa ha existido desde
el siglo V antes de Cristo, y en especial desde que éste
predicó su mensaje. Esa sensibilidad ha aumentado
mucho gracias a la mejora de la educación y a la progresiva
desaparición de la miseria económica, jurídica,
política y moral que ha tenido lugar en Europa.
El respeto al pluralismo
y a la diversidad, por tanto, forma parte esencial de la
cultura europea, y aún de toda
verdadera cultura, por tener profundas raíces en la
misma racionalidad humana. Se trata de un valor que no es
patrimonio de la ideología tolerante que aquí tratamos
de caracterizar, sino que la trasciende con mucho. Es ésta
un modo de pensar que aparece cuando, por entender mal las
relaciones humanas, se lleva ese valor al extremo.
La ideología tolerante, en efecto, es el desarrollo
lógico del ideal del "choice" (...), y de
la visión liberal del hombre y de la sociedad, arraigada
principalmente en el mundo anglosajón y germánico.
Según esa visión, la libertad consiste sobre
todo en emancipación, es decir, independencia, autonomía
respecto de cualquier autoridad: cada uno es la única
autoridad legisladora sobre sí mismo; la autoridad civil
no pasa de ser un simple árbitro, que organiza los intereses
de individuos que eligen libremente lo que quieren.
Mi libertad termina donde
empieza la de los demás,
pero ambas se relacionan poco: yo puedo hacer lo que quiera
mientras no perjudique. Esto se puede llamar el principio
de no hacer daño a otros, que sería el único
criterio para decidir lo que se puede o no se puede hacer:
mientras no se lesionen los derechos de los demás,
cada uno puede actuar como le plazca.
El problema de ese principio
está, (...) en que no
hay ninguna acción que deje de tener influencia en
los otros, aunque sea de forma indirecta, pues ya se dijo
que uno se hace mejor o peor según elija lo mejor
o lo peor: al final la sociedad también se hace mejor
o peor. Algunos valores (por ejemplo, la paz social y la
seguridad urbana) pueden desaparecer si no se educa a la
gente en ellos. Dejar de educar a una sociedad en la convicción
de que el rechazo a la violencia es un bien puede producir
el aumento del crimen, aunque uno no sea un criminal. El
principio de no hacer daño a otros es un criterio
necesario, pero no es el único: se precisa inculcar
valores a la gente para que ésta luego los defienda,
y se evite así un proceso de decadencia.
Ricardo Yepes Stork, "Fundamentos de antropología" Pamplona
1996.
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