¿Desde cuándo educamos?

Si entendemos la sexualidad como integrada por todos los elementos constitutivos del ser humano, debemos educarla desde siempre, desde la primera infancia. Primero en la casa y luego en el colegio, la educación de la sexualidad debe abarcar todos los estados del desarrollo. Tarde y mal se llega, si empezamos y terminamos de educar en la adolescencia. Esto, que aparece tan evidente, no ha sido recogido por la mayoría de las experiencias que se conocen y podría explicar, en parte, el fracaso de las políticas orientadas a evitar el embarazo adolescente, por ejemplo. Nadie espera a que un hijo cumpla 15 años para empezar a educarlo en la honestidad o en la generosidad, ya que se entiende que son virtudes que se deben ir adquiriendo a lo largo de la vida y no de un minuto para otro. Si a un niño no le hemos puesto límite en la expresión de sus rabias, por ejemplo, o en la satisfacción de sus apetitos, no pretendamos que cuando experimente el impulso sexual sepa ponerle límites o condiciones a su ejercicio.

La expresión de la sexualidad varía según las distintas etapas del desarrollo, pero los principios y las virtudes que deben guiar su ejercicio, son siempre los mismos y deben aprenderse desde la primera infancia. En este sentido es más eficiente ser una vacuna que un antídoto contra la información disociada y errada que los niños inevitablemente recibirán de los medios de comunicación y de sus propios pares.

Una sexualidad plenamente humana se caracteriza por la subordinación de lo sensual y lo afectivo al ámbito de la voluntad. Es decir, por ordenar lo útil y lo placentero a lo bueno. Y la posibilidad de postergar la satisfacción de un impulso o necesidad legítimas, en aras de un bien mayor, es lo propio y característico de los seres humanos. Pero esto se aprende y se ejercita, no es automático, y por eso, todo programa debe tender a educar las virtudes, la formación del carácter, el manejo del mundo afectivo, la autoestima y las habilidades sociales desde un comienzo.

Por esto, se necesita de un programa que empieza en los niveles pre-escolares, y se mantenga durante todo el período escolar, desde pre-escolar a IV° medio.

Lo que queremos en definitiva en nuestros niños y jóvenes es lograr que sus actos sean plenamente humanos, es decir, lícitos, voluntarios e intencionales y no sólo el resultado de impulsos o sensaciones.