¿Para que educamos en sexualidad?

¿Educamos sólo para prevenir embarazos y enfermedades? ¿O educamos para formar hombres y mujeres íntegros, capaces de un actuar plenamente humano, en definitiva, capacitados para amar mejor y ser más felices? No formamos personas felices si sólo les enseñamos a evitar los efectos no queridos de sus actos, sino cuando les enseñamos a ser plenamente personas. No nos desanimemos frente a lo inmenso del desafío y démosles a nuestros niños y jóvenes las herramientas. Apostemos por ellos, y, sobre todo, no decidamos por ellos.

Durante los años que llevamos trabajando con jóvenes, se nos hace cada vez más patente que ellos están ávidos de desafíos y metas altas, de sentirse personas capaces de manejar su propia vida, de ser dueños de ellos mismos, en definitiva, de ser libres.