¿Que educamos?

Educamos en el amor y la sexualidad

Por lo tanto, aquí aparece como fundamental el concepto que manejemos sobre el amor humano.

¿Nos basta con la estructura psicológica del amor, amor entendido como estado afectivo/emocional, casi mágico, irracional y del cuál no soy responsable? ¿O queremos transmitir el amor como virtud, aquel que integra a la voluntad, la afectividad y la sensualidad y que por integrarlas implica un compromiso? El concepto que manejemos y enseñemos como Amor, por lo tanto, es clave. El verdadero amor humano y personalizador es aquel que es capaz de subordinar lo útil y lo placentero a lo bueno (al otro como bien) y es capaz de integrar la voluntad a la afectividad.

En segundo lugar, no todos entendemos lo mismo cuando hablamos de sexualidad. Hay varias visiones, contrapuestas y complementarias, que han querido explicar cuál es la verdadera naturaleza y el alcance de la atracción entre el hombre y la mujer y del impulso sexual y que, todavía, conforman muchas de nuestras creencias y percepciones.

I. Visión Maniquea  Aquella que concibe la realidad como formada por dos principios contrapuestos, lo bueno y lo malo. Del principio bueno es todo lo inmaterial, el alma, el amor . Del principio malo es todo lo corpóreo, por lo que el acto sexual y la procreación son percibidos como negativos. Tanto es así, que en algunas sectas maniqueas se mataba a los niños recién nacidos y fueron quienes descubrieron el ciclo de fertilidad femenina, para evitar la concepción. Es decir, no se evita el acto, que se tiene como malo, sino sólo sus consecuencias naturales y obvias. Aquí tenemos el primer ejemplo de una percepción que aparece como una constante en la historia; la sexualidad como disociada del amor y el acto sexual como perjudicial, malo, pero inevitable, por lo que sólo queda evitar sus consecuencias.
II. Visión Freudiana  Concibe la libido o impulso sexual como uno de los motores de la cultura y lo considera imposible de integrar a un acto de la voluntad, ya que, inevitablemente, la represión de este impulso acarrea una neurosis. Otra vez aparece el impulso sexual como disociado o ajeno a lo personal y no se concibe la posibilidad de sublimarlo o subordinarlo a un bien mayor.
III. La visión Puritana  Percibe al impulso sexual como un mal menor, sólo validado por ser un medio del que Dios se vale para la procreación. Existiría una instrumentalización del hombre por parte de Dios y el placer no aparece como un elemento constitutivo de la sexualidad, sino como una especie de “trampa” con que Dios se asegura la procreación. Se considera que lo plenamente humano sería sólo el amor de voluntad y se desprecia, por bajo y oscuro, el placer, la sensualidad y la afectividad.

IV. Visión Neo Malthusiana  Corriente que aparece como una vertiente de la afirmación de Thomas Malthus que sostiene que la población crece en proporción geométrica y los alimentos en proporción aritmética. Percibe al impulso sexual como algo inevitable, pero cuyos efectos deben ser evitados a cualquier precio, ya que la sobrepoblación es una amenaza concreta. El bien personal se percibe como contrario al bien de la sociedad y esta concepción se plasma en doctrinas como la ecología profunda, por ejemplo, en que el hombre aparece como un peligro para el planeta, lo que justificaría políticas de control demográfico impuestas y muchas veces ignoradas por la población, y que además, normalmente afectan sólo a los países más pobres. Todas estas visiones sobre la sexualidad, que han contaminado y permeado nuestra cultura desde antiguo, tienen una constante; consideran al impulso sexual como algo inevitable, imposible de dirigir o encauzar, en definitiva, imposible de subordinar al amor y al bien, pero cuyos efectos propios deben ser evitados, porque son nocivos para el bien social. Se sostiene que es inevitable que los adolescentes tengan relaciones sexuales, entonces, se centran sólo en enseñar a evitar el embarazo y el contagio de enfermedades. Se asimila la sexualidad con una conducta de riesgo, como manejar bajo la influencia del alcohol o consumir drogas. Ya no importa la persona, las motivaciones profundas de los jóvenes, no importa descubrir que buscan viviendo muchas veces una sexualidad desordenada y desintegrada, sino sólo prevenir sus efectos negativos. Se priva al ser humano de su característica más esencial, el ser un ser racional y libre, capaz de subordinar la sensualidad y la afectividad a la voluntad, para verdaderamente Amar. Se ve en el aspecto generativo del acto sexual un mal social que debe ser erradicado a cualquier costo. Los objetivos y resultados de estas visiones son conocidos por todos. Aparecen como tan sencillos de lograr, con pastillas, preservativos, dispositivos intrauterinos, y sin embargo, los embarazos adolescentes, los abortos y contagio de enfermedades no hacen sino aumentar. Creamos verdaderos “bulímicos sexuales” a los que haciendo una analogía con la obesidad, no les enseñamos a comer correctamente sino a meterse los dedos en la garganta y vomitar. Les enseñamos en definitiva que no importa que lo que hagan los dañe, sino que lo que importa es que no se note. Entonces, ¿no será tiempo de pensar en algo distinto?
V. Visión personalista  El Programa “Ruta del Amor” ve la sexualidad no como algo que se tiene o que se hace; sino como un elemento constitutivo de la persona humana, una forma de ser y estar en el mundo, de ser varón o ser mujer. Por esto podemos decir que la verdadera sexualidad humana es una forma física, psicológica, social, intelectual y espiritual de ser persona, hombre o mujer, y es un medio para plasmar la más profunda vocación del ser humano; amar y ser amado. Si limitamos la educación de la sexualidad a la genitalidad, si la reducimos a la mera entrega de información sobre métodos anticonceptivos y prevención de enfermedades de transmisión sexual, el programa fracasa. Si no tomamos en cuenta el estadio de desarrollo de cada educando y las características psicológicas inherentes a él, el programa fracasa. De igual forma si nos basamos solamente en los aspectos volitivos del amor humano y dejamos fuera la sensualidad y la afectividad, el programa fracasa. Necesariamente debemos incluir todos y cada uno de los aspectos involucrados, pero no de manera ambigua o inorgánica, sino respetando la relación y jerarquía que naturalmente existe entre ellos. Es decir, la sensualidad y la afectividad integradas a la voluntad y al servicio del amor, como la ordenación de lo sensitivo (sensualidad y afectividad) al verdadero y profundo amor y que permite que el acto sexual sea un acto plenamente humano. Y si bien esto es difícil, porque es una tarea de vida, no es imposible.